La palabra clave es cooperación

Texto por Johannes Beckmann

Desde tiempos inmemoriales la humanidad está acostumbrada a luchar y competir. También ante esta pandemia hemos emprendido una lucha, la lucha contra el coronavirus. Pero esta crisis es mucho más profunda de lo que se ve a simple vista. El coronavirus es sólo la punta del iceberg. Nos ha sumido en un estado de shock y nos mantiene completamente ocupados, en modo alerta, sin poder ver lo que está pasando en realidad.  

Este virus vino a quedarse. Es parte de la naturaleza y en ella nada carece de sentido. Es imprescindible que descifremos el mensaje que nos trae, pues si no lo hacemos ahora, el planeta seguirá manifestándose y llevándonos a situaciones límite iguales o peores que esta. ¿Y cuál es el mensaje que nos trae este virus? ¿Qué es lo que tenemos que aprender?

La respuesta es cooperación.

En la historia de la evolución de nuestro planeta, siempre que se culminó una etapa marcada por la lucha y la competencia, el siguiente gran salto cualitativo se consiguió a través de la cooperación. Pero esto no se dio siempre de una forma voluntaria, sino obligada por las circunstancias. En varias ocasiones la Tierra pasó por situaciones extremas en las que la vida biológica estuvo seriamente amenazada y la solución siempre fue la cooperación.

Hace unos 1500 millones de años, cuando la población mundial consistía únicamente de bacterias, estuvo a punto de darse una extinción masiva. En su desenfrenada competencia, las bacterias habían producido como desecho tóxico tanto oxígeno como el que tenemos hoy en la atmósfera. Algo tenía que suceder para evitar la extinción. Y sucedió. Bacterias capaces de aprovechar el oxígeno empezaron a cooperar con aquellas para las que el oxígeno era tóxico, introduciéndose dentro de ellas. Nació así una nueva especie de células que más tarde dio lugar a las plantas, hongos, animales y, por ende, al ser humano. La cooperación lo hizo posible.

En los últimos cien años hemos llegado a contaminar el planeta de tal manera que, de seguir así, podríamos provocar en poco tiempo nuestra propia extinción, igual que antaño pudo haberles sucedido a las bacterias con el oxígeno. Atrapados como estamos en la idea de que el desarrollo sólo se consigue a través de la lucha y la competencia, hoy la naturaleza nos exige un cambio de rumbo. Hemos de dar un paso definitivo hacia la cooperación. Una cooperación global entre países, gobiernos, culturas y personas, pues un problema mundial como el que estamos viviendo, sólo tiene una solución global.

Esta pandemia es una llamada de atención para el mundo. Nos está obligando a dar ese paso y acabar con la era del individualismo. Nos ha tocado a todos por igual y muy profundamente, llevándonos a tomar la decisión histórica e inédita de detener en todo el planeta nuestro frenético movimiento y empezar a cooperar.

Pero no nos engañemos, lo que nos mueve no es el deseo de forjar conjuntamente un mundo mejor y más sostenible, ni el anhelo de una nueva cultura política, económica y social. Lo que nos mueve es el miedo, el miedo a enfermar y el miedo a morir. Esto es lo que nos ha hecho parar. La necesidad de combatir el virus.

¿Y qué haremos después, cuando hayamos vencido al coronavirus? ¿Volveremos a las calles, a nuestra competencia habitual, codiciosa y desmedida, irrespetuosa con la naturaleza y las criaturas, egoísta por excelencia y déspota? ¿Volveremos con redoblado afán a lo mismo de siempre, a la rueda del hámster, al pago de las facturas, los impuestos … al consumismo?

La naturaleza no va a cesar en su afán por regular nuestro papel aquí en la Tierra. Más vale que escuchemos sus mensajes, los cuales no son muy diferentes de los que ya nos venían transmitiendo los científicos y que hasta el momento hemos preferido ignorar.

Esta pandemia trae un mensaje universal, no está dirigida sólo al individuo sino a toda la humanidad y ha venido a provocar cambios estructurales profundos. El mundo no será el mismo después de esto.

Al igual que una enfermedad aguda, el coronavirus es sólo el inicio de lo que podría transformarse en una enfermedad crónica para la humanidad. Está en nuestras manos evitarlo y abrir las puertas a la cooperación, la confianza y el amor.

Foto de Camps Bay, Cape Town, Sudáfrica por Fran Corvé

Johannes Beckmann

Johannes Beckmann

Soy médico psicoterapeuta de origen ecuatoriano-alemán. Tengo 56 años, casado, con dos hijos y resido en Mallorca, España. Me dedico a construir puentes entre las ciencias médicas y la psicología.
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