El amor en los tiempos del virus

Por Sonia Cunliffe

Instalación de Sonia Cunliffe. A través de algunos de los resortes del colchón se puede ver las imágenes encontradas en los rollos fotográficos, en el lugar del suicidio.

Paquita, mírame, que estoy mirándote con el alma y con el corazón. Soy yo, César, tuyo y solo tuyo.


Ser tu amante fue fácil, teníamos siempre la excusa perfecta para encontrarnos en este hostal de siempre. Para personas como tú y como yo, andar en la ilegalidad ya era una forma de vida y tener ahora este enemigo invisible no sería excusa para dejar de vernos; total, nuestro amor había sobrepasado al tiempo. 

Quizá ya no estemos en edad de retomar nuestros encuentros juveniles, población de riesgo nos llaman, pero el amor en tiempos de muerte parece ser el elemento que da balance al mundo. Yo tan eros y tú tan tánatos. Yo con tantas ganas, ¿y tú, Paquita?

A veces me pregunto qué será de nosotros cuando todo esto pase… 

Ya ni quiero pensarlo.

Sé que es difícil reconocerme, reconocernos, son muchos años, son otros cuerpos, pero el deseo es el mismo.


¿O quizá ya me olvidaste? Yo sigo amándote, despertando en tu olor. ¿Recuerdas cómo coleccionaba tus vellos púbicos? Esos que quedaban en las sábanas después de cada uno de nuestros encuentros, aún los conservo, tengo pequeños sobres con las fechas exactas, los abro y los huelo, transportan mi mente a las tardes de cines, a esa oscuridad que siempre fue cómplice de nuestra  pasión escondida. Yo te esperaba, tú entrabas 10 minutos más tarde, siempre era igual, nunca antes, nunca después. Miraba tu asiento vacío y mi pasión afloraba aún en tu ausencia en ese corto espacio de tiempo; la sangre fluía, sentía hasta dolor y cuando estaba casi al punto de explotar tú llegabas y con un movimiento, una mano bien ubicada, calmabas mis ansias. Yo te subía la falda, metía mi mano, tu clítoris hinchado esperaba mis dedos ansiosos de explorarte y de conseguir un recuerdo. No conozco el final de ninguna de las películas, solo sé de algún título, no había tiempo, debíamos escabullirnos antes de que acabaran.

Fue un 26 de Junio de 1926 la primera vez que te vi, que cruzamos miradas. Tus cejas pobladas enmarcaban tus ojos de un negro brillante. Me quedé sin aliento de solo mirarte, traspasé tu alma y ahí me quedé para siempre, deseando tu cuerpo. Conservo una foto que te robé esa tarde, apunté con todo detalle cada uno de nuestros momentos:


1929, 1 julio,  fuimos al cine, le toque sus bellos y le hablé.
1929, 21 julio, la besé.
1930, 11 nov, la besé entre las piernas.
1931, 11 abril
1934,  27 enero
1934, 9  febrero



¿Recuerdas la carta? Tres años pasaron de encuentros furtivos en cines y parques, en cuartos sin dueño, de deseos escondidos. Te encontraba en revistas, en carteles de cine, imaginaba las poses, cuánto placer te daría, te lameria  todita, derramaría mi leche en todo tu espacio. Recortaba tu rostro y le ponía tu cuerpo, tus senos redondos, tu cintura pequeña, me ponía debajo, tu olor me guiaba a tu lugar más recóndito, allí encontraba el mundo, el origen de todo.


26 de Julio de 1959, mírame, Paquita, soy yo; tu César, no importan los años, no importa tu cuerpo, el deseo está intacto, recuéstate, abre tus piernas, solo necesito saber si el olor aún existe, las pantys apretando tus muslos me guían hacia ese mundo que amo; abre tus piernas Paquita, me recuesto en tu cuerpo, te voy desnudando, encuentro tus pechos ahora maduros, ya nada queda de esas formas redondas reventando de ganas; igual quiero tocarlos, guardar este instante, este espacio, un registro de todo, de ti y de mí.


Sí, pasen, pasen, es ahí, la habitación de la puerta verde; hace una semana entró una pareja de ancianos, los primeros días se escucharon ruidos extraños, el señor salía y regresaba con las compras, movían los muebles, parecía que todo el tiempo jugaban, pero desde hace tres días solo hay silencio.


Disculpe, señora, dígame, ¿tiene el nombre de la persona que arrendó la habitación?


Sí, déjeme ver, acá está. César, se llama así, y lo acompañaba una mujer de unos 60 años a quien llamaba Paquita.


Es mi padre, jefe.


Abra la habitación, señora.


Apunte usted: el día 8 de agosto de 1959, a las 12 horas del mediodía, en la habitación del Hostal «Casablanca » se encontró a una pareja de ancianos, con rastros de un aparente suicidio. La habitación está ordenada minuciosamente, la colcha floreada la cubre a ella totalmente y él está recostado sobre la misma, lleva camisa blanca y corbata, está desnudo de la cintura para abajo, en la mesa de noche vemos un pequeño sobre con la fecha 6 de agosto. Está vacío.


Fotografíen toda la habitación, entreguen los objetos personales al hijo del señor aquí presente.


Acá tiene. Lentes, billetera, reloj, cámara fotográfica, hilo de pescar y 2 rollos 35 milímetros, blanco y negro sin revelar.


Señor, ¿puedo llevar el sobre vacío y el calendario que está en la pared?

Sonia Cunliffe

Sonia Cunliffe

Sonia Cunliffe, fotógrafa y artista plástica peruana ha trabajado desde el 2008 con archivos documentales y fotográficos. En uno de sus proyectos más notables, "Un hombre y una mujer", nos muestra los amores de juventud de Cesar y Paquita que luego de treinta años se reencuentran dejando, para posteridad sus pasionales afectos, fotografías sin revelar y cartas con collages eróticos que fueron rescatadas por el coleccionista peruano Jorge Bustamante. Este es el punto de partida para la artista, que interpela sobre temas como el amor y la sexualidad en la tercera edad, con una magnífica instalación de pequeñas fotografías eróticas colocadas sutilmente en los intersticios de un catre.
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